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Volver a Kenia once años después

 

La Diligencia en Masai Mara. Kenya. Septiembre de 2007
Foto: Elena Pañeda

Es un lujazo para este blog contar con un “primer espada” como es Fernando Reinlein, quien con su magistral pluma nos relata el safari por Kenya que acaba de realizar:

 

Fue en 1996 cuando hicimos nuestro último viaje a Kenia. Desde 1985 y hasta esa fecha, todos los años volvíamos para decir: “Jambo, rafiki, a esa gente maravillosa que sabe lo que es el servicio en el Sector turístico sin ser serviles; o “sopa” en la lengua “maa” a los orgullosos masais. Es decir. Volvíamos para decir simplemente ¡Hola! a unos amigos, o así los considerábamos a todos al paso de los años.

 

Niños masai. Kenya. Septiembre de 2007

La vida cortó los viajes y, once años después, la suerte me hizo aterrizar en Nairobi donde, mi sobrina un amigo y yo, comenzamos un viaje – un safari – de catorce días en el que, a pesar del conocimiento adquirido años antes, la sorpresa y la satisfacción no nos abandonaron. Fuimos de la mano de Topo Pañeda, el director de TOPO Safaris, la única agencia local en Kenia reconocida como tal y dirigida por españoles. Ese fue uno de los lujos, que fuese “el Topo” el tour líder de la expedición.

Leopardo. Masai Mara, Kenya, septiembre de 2007

 

El aterrizaje en Masai Mara, al oeste del Parque, tuvo lugar a las 16 horas y con Diëter al volante, tomamos en camino hacia Kilima, el Camp desde el que puede gozar de una de las vistas más impresionantes de la reserva, con los meandros del Mara a pie de la inmensa pintura que aparece a la vista.

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Masindi

No siempre hay q ir o estar en sitios grandiosos para vivir momentos grandiosos. Igual q los pequeños detalles son los que marcan la diferencia, a veces sitios inesperados son los que nos muestran la esencia misma de los lugares…

Un viaje ha de ser una aventura que comience con un subidón, luego se mantenga para volver a subir, y tras descansar dar un subidón final. Mi máxima a la hora de organizar o hacer un safari es que hay que ir con animo de explorar, no de visitar, y los exploradores somos curiosos e inquietos. En un safari a veces lo de menos son los paisajes, o los animales. En un safari lo importante es África, sentirla, vivirla, asimilarla y con suerte y si se toman los pasos adecuados lo más dificil de todo: comprenderla. Los que la amamos y la llevamos dentro tenemos allí el corazón. Lugares como Masindi son los que de verdad te enamoran y te cautivan, y hacen que la experiencia africana alcance su máxima expresión…

Masindi no es más q un pequeño pueblo de Uganda, a unas 4 horas de la capital, Kampala, y muy cerca del Parque Nacional de Murchinson Falls, una de las sabanas más bellas de África. Es una región exuberante, un auténtico vergel, por algo Uganda siempre fue la Perla del Este de África. Es una tierra salpicada por el río Nilo, que fluye alegre y limpio a tan solo unos cien kilómetros de su nacimiento, en el mismo corazón de África: El Nyanza, el mítico Lago Victoria.

Fue en verano de 2003. Iba con T aprendiendo el oficio, ayudandole a llevar un grupo de 15 en un safari en camión de 26 días, una ruta preciosa por Kenya, Uganda y Tanzania con meta final en Zanzíbar. Llevábamos unos 10 días de safari y estabamos algo cansados, tras una última etapa muy emocionante, acampados dos días en la orilla del Nilo y disfrutando de los rápidos de las Bujangali Falls. T decidió tomar una tarde de descanso y antes de comer paramos en este pueblecito, y plantamos el campamento. Lo hicimos a las afueras del pueblo, junto a la escuela, por lo que no tardamos de estar rodeados de niños, que curiosos se acercaban a ver que hacían estos muzungus (blancos). No paraban de llegar, con lo que al poco rato estabamos con unos 50 o 70 niños, jugando con ellos, unos al futbol, otros corriendo, organizando juegos, otros dibujando… eran unos niños educadísimos, muy simpáticos, muy sanos y muy guapos. Era muy gracioso verlos callados alrededor nuestro, muy elegantes con sus uniformes azules y verdes, fascinados con cualquier cosa que hacíamos y riendo y cuchicheando entre ellos. A mi me encanta hacerles fotos para enseñarselas a través de la pantallita de la cámara, ver su reacción, sus grandes ojos sorprendidos y su carcajada al verse en una foto, en la mayoría de los casos por primera vez.

Apareció un personaje un poco repelente pero bastante habitual en África. El clásico pelota, que ve a unos blancos y le encanta acercarse para hacerse el importante. Era un tipo muy gracioso, elegantemente vestido de safari y con un libro de primeros auxilios bajo el brazo. Se llamaba Benjamin. Se presentó como el coordinador (puesto muy habitual en África) de los Boy Scouts de Masindi, nos daba la bienvenida y se ponía a nuestra disposición. T, guasón, le dijo que estabamos explorando Uganda, y que yo era el q dirigía la expedición ya que me llamaba Paco Speke, y era descendiente del Gran Speke, el explorador blanco que primero pisó estas tierras y tiene el honor de ser el descubridor de las fuentes del Nilo. Benjamin se mostró impresionado mientras yo asintía solemnemente y decidimos ir a echar un vistazo al pueblo y abastecernos de vituallas y provisiones. Allá fuimos, Benjamin, T y el descendiente de Speke y parte del grupo, mientras el resto se quedó en el campamento jugando con los niños.


Masindi es un pueblo típico de esta zona del Este de África. Parece un pueblo del Oeste. Sus calles no están asfaltadas salvo la carretera que lo cruza y pese a ser un sitio pequeño bulle actividad. Era curioso ver las tiendas, los comercios, la carpintería, la sastrería (con sus viejas máquinas Singer), los talleres de motos, y por supuesto el mercado. Pocas cosas hay tan fascinantes como un mercado africano, y de este de Masindi guardo un recuerdo muy especial: un auténtico espectáculo de color: en la esplanada las mamas sentadas en el suelo delante de su género, vestidas con kangas de muchísimos colores y un pañuelo a juego en la cabeza. Bananas, bananas y bananas (hasta 40 tipos diferentes hay en Uganda), lechugas, tomates, cebollas, enormes mazorcas de maiz… enormes mangos, papayas, cassis… una maravilla!!! Se partían de risa mientras atendían a los muzungus, y compramos muchas vituallas para el safari.

Luego puestos de madera bajo una techumbre, por todos lados olía a clavo. Puestos de especias, inciensos, carbón, carnicerías, cacharrerías… En todos puestos charlando y riendo con la gente, tan amistosa y encantada de atendernos, preguntandonos cosas, respondiendo a nuestras preguntas y siempre haciéndonos un regalo. Conseguimos hasta el mortero que T estaba buscando desde Nairobi para poder moler su famoso té somalí…

Rematamos esa deliciosa tarde en el bar local, regentado por una chica guapísima con la que estuve tonteando un buen rato.El bar tenía el sugerente nombre de “Traveller’s Corner“. Las Nile Special iban cayendo y nos pillamos un pedo graciosísimo. Pocas veces me he reido tanto con T como esa tarde en la terraza del bar, bebiendo los grandes botellones de cerveza y riendonos con la chica guapa. Volvimos al campamento a tiempo de disfrutar de un atardecer espectacular, realmente memorable.

Cuando volvíamos, el fiel Benjamin nos informó que había tantos niños pq estaban celebrando algo así como la convención anual de los Boy Scouts de Uganda, y que eramos invitados de honor. Como no le hacíamos mucho caso (realmente era un pelma), no nos enteramos muy bien de que pasaba, pero al lado del campamento habían instalado una gigantesca pira de madera. Cenamos solos. Nick el cocinero se había superado esa noche, y nos tumbamos alrededor de la hoguera.. entonces empezamos a oir unos tambores y una música que se iba acercando… Vimos unas antorchas y aparecieron unos 300 niños!!! todos cantando y bailando, precedidos de unos 10 tamborileros. encendieron la enorme pira y se formó un enorme circulo alrededor, al cual fuimos invitados a unirnos. Acercamos los colchones y nos tumbamos, mirando fascinados…
el espectáculo fue increible, mezclaban canciones tradicionales e internacionales de los boy scouts (a los cuales siempre había odiado, la verdad), con canciones tradicionales ugandesas, en varios dialectas. Pero todo era presentado como en una especie de rito pagano. Uno llevaba la voz cantante, y de pronto gritaba (en inglés): – He visto al demonio!!!! (a lo que todos replicaban: UUUUHHH) He visto al demonio!!! UUUUUHHH he visto al demonio!!!!! UHHH!!!el demonio eres tuuuuuu!!!!!! UUUUHHHHH UUUHHH UUUUUHHHH!!!!!! – Y el que señalaba empezaba a cantar la siguiente canción.

Todos mirabamos el epectáculo con la boca abierta, que pasada!!! todos los niños cantando y bailando bajo una noche africana de millones de estrellas!!! Algunos caian dormidos con el ritmo. T, aun medio pedo bromeaba diciendole a los turistas que aprovecharan y tomaran fotos, que el espectáculo le había costado una pasta… No se cuanto tiempo estuvimos así, yo hubo un momento en que me retiré unos metros y me senté a contemplar la escena desde la escalerilla del camión, disfrutando de los sonidos, de las estrellas, y de una luna de agosto completamente llena muy especial, una luna cómplice que me miraba y sonreía, y entonces aún me impregné más aún de África, y supe que tenía que luchar por mi sueño y que no podía perderme estas experiencias…

En África cada día es especial, incluso el que se plantea para descansar y que aparentemente no tiene mucho que ofrecer… Por eso para mi, el África más auténtica, el África que amo tiene muchos nombres, pero sin duda Masindi es uno de ellos…

9 de abril de 2006

Los 6 magníficos

Hacía un día precioso. Era el primero que pasabamos en Mara después de casi una semana de safari por Loita Forest y Loita Hills, con toda la tropa de guerreros masai, vagabundeando por allí como si fuera nuestra casa (de hecho, lo es), habiendo conquistado algún Bicon fronterizo y haber vivido más de una aventurilla (esa cobra escupidora al lado de Ilkerin fue un pasote)…

Masai Mara me emociona. He estado ya muchísimas veces allí, pero cada vez que llego, que veo esas suaves colinas, esa praderas y desde Narok veo a lo lejos la entrada del parque, o bien desde Loita, por esos bosques de acacias de fiebre amarilla repletos de elefantes, y la emoción de cruzar el mítico Sand River y llegar a Ololaimutia Gate, me entra una alegría por dentro que no sabría comparar y se me pone una sonrisa en la cara que no se me quita hasta que volvemos a Nairobi.

Esa noche ya habíamos acampado a orillas del Sand River, en el Sur de la Reserva y a unos 100 metros de la frontera con Tanzania. Estabamos a 500m del puesto de los Rangers, pero en un sitio completamente salvaje y totalmente solos. Vimos huellas de león en el camino, justo en la Puerta, y los estuvimos oyendo toda la noche, a las 4 de la mañana sonaron tan cerca que me despertaron y, en la írónica protección de la fina tela de mi pequeña tienda, no pude evitar un escalofrío, y cada ruido a mi alrededor era fascinantemente estremecedor. La tarde anterior había sido la llegada, la primera de N en Mara, y le recibió como nunca lo he visto, repleto de migración, apenas se veía el verde de las praderas entre tantísimo ñu. Vimos los primeros elefantes, los primeros leones… elegimos el sitio más alucinante para acampar, y esa noche con T y con N, con el fiel Pak, poniendo el campamento, flipando con el cruce de cientos de ñues saltando el río a tan solo 50m de dónde estabamos… Es dificil olvidar una noche africana, pero aquella con mis amigos en un sitio tan increible nunca la podré olvidar.

El día estaba precioso, Mara es mucho Mara y ya nos había ofrecido varias sorpresas. Veníamos desde el Oeste, casi llegando a Olololo, y habíamos comido en la cantina para conductores de Keekorok y tomado la primera birra fría en muchos días. Pusimos gasolina a la sedienta Dili, que aunque tenía un problema en el arranque nos había sido como siempre eficaz desde la reparación de campo que le hicimos a la suspensión en Loita. Recien salimos de Keekorok hacia el Sur, es una zona de suaves colinas y praderas amplias, muy despejadas y apenas sin acacias. Algun matorral aquí y allá… Al poco de salir, completamente solos vi agazapado entre las matas un pequeño steenbok. Es un antílope que no abunda en Mara, había visto pocos allí y lo tomé como una buena señal de lo que nos depararía la tarde… Al poco nos cruzamos con un camión de safari conducido por una rubia guapísima!!!! A parte de la emoción de ver las primeras chicas guapas en más de una semana… una chica bonita conductora de camiones para safari? la chica de mi vida????!!!!!… Esto tenía que ser otra señal…

No me equivoqué… seguimos camino y al poco la vi. Duma!!! Chetaah!, una hembra de guepardo estaba a punto de cruzar el camino. Llegamos junto a ella, nos miraba desconfiada, y miraba insistentemente hacia atrás. Sin embargo no veía hermanos , y era una hembra adulta, y parecía hambrienta… De pronto cruzó lentamente el polvoriento camino. Con el motor de La Diligencia apagado solo se oía el replicar de un millón de ñues a nuestro alrededor.

Y de repente, aparicieron…

Al principio no daba crédito y pensé que se trataba de un honey badger… pero no!! 6 pequeñas crías de guepardo. 6!!!! apenas debían tener un mes y atropeladamente cruzaron siguiendo los pasos de su madre. Preciosos!!! impresionantes!!! iban uno tras otro con aire altanero, con las bandas blancas que tienen en esta etapa. Les seguimos y la madre se paró. La tropilla se juntó junto a ella, unos jugaban entre ellos, lanzàndose zarpazos, otros remoloneaban entorno a su protectora… 6 cachorros!!!! Menuda campeona!!!! es inusual que nazcan tantos. Estaban todos fuertes y sanos. Se les oía chillar y jugar. Menuda gozada!!! estuvimos un rato flipando, y la madre decidió que ya era hora de comer algo y se puso en movimiento, trotando y pronto corriendo, para dejar atrás la prole mientras salía a cazar. Los cachorros la siguieron unos metros hasta que comprendieron que mami tenía cosas importantes que hacer, así que junto a una mata algo tupida se juntaron los 6 y se quedaron en silencio. Es increible el instinto de superviviencia que pueden tener siendo tan pequeños… Nos quedamos inmoviles contemplando la escena… No tardó en volver la madre, siempre en todo momento pendiente de nosotros… con las fauces vacías… Había varias gacelas thomson alreedor…

Con pena decidimos seguir camino, sin duda estaba nerviosa por nuestra presencia y era mejor dejarla cazar tranquila… Nos alejamos con una sonrisa enorme en el rostro, y mirandonos, sin decir nada, compartiendo ese momento… Mara es mucho Mara…

Han pasado ya 5 meses de aquello. Me pregunto que habrá sido de esos 6 pequeñajos. Los que hayan sobrevivido probablemente saldrán ya adelante. Lo normal es que tan solo 3 hayan conseguido pasar la temporada corta de lluvias. Si 4 lo han hecho, sería genial… 5 o 6 y a la madre habría que hacerle un monumento… Esos días me estrmecía al ver chacales o hienas, y no quería pensar que pasaría si se topasen con ellos, o un babuino, o un león, o un leopardo, o prácticamente cualquier bicho que tuviera pico o colmillos… Afortunadamente en esa época Mara es una orgía de carroñeros saciados de tantos cadaveres que siembran de muerte y vida las praderas…

Echo de menos esos atardeceres en nuestro campamento, en el Campi ya Upepo, viendo como aquellos 4 viejos búfalos se retiraban siguiendo la ribera del Sand River. Echo de menos esos atardeceres de gamas rojas, lilas y naranjas, y el sonido de los ñues, y del leopardo, y del león del clan del río. Pienso en la suerte de aquellos 6 magníficos y su lucha por sobrevivir, por la metáfora y lección que nos da Mara sobre la vida, pienso en Pedrito, ya sano y fuerte…

9 de febrero de 2006

.. y tengo tanta morriña africana que necesito volver pronto…

Hatari!!

A veces las situaciones de peligro están algo presente en África, es uno de los encantos impalpables pero casi casi omnipresentes de viajar por esas tierras.

Normalmente es un viaje muy seguro, nunca pasa nada fuera de lo normal, ni se comen a nadie ni hay nubes de insectos peligrosos decididos a morder con saña a cualquier europeo pretencioso de aventuras. En todos los años que llevo organizando safaris nunca hemos tenido el más mínimo problema, pero si ha habido incontables situaciones emocionantes en las que el turista cree que ha corrido más riesgos de los que en verdad ha tenido, y eso le hace engancharse y vivir más el safari.

Aún así las emociones siempre andan rondando… esa sensación de despertarte a las 5 de la mañana con un buen apretón, en un safari de camping, salir de la tienda, alejarte un poco del campamento y oir toda clase de ruidos y peligros mientras te encuentras en tan innoble situación… escuchar pasos de hienas o chacales alrededor de tu tienda, o quien sabe si de león o de leopardo… tropezarte con alguna serpiente (en Loita cada año me he encontrado alguna peligrosa: pathfather, cobra escupidora y mamba negra). Los guías interpretamos el lenguaje y el comportamiento de los animales. Hay q fijarse en la dirección del viento antes de situarse alrededor de ellos, ver si han comido o no, no iterrumpir sus querencias y bloquearles el paso, y en el caso de los elefantes, leer su lenguaje de orejas, interpretando cuándo están amenazando y cuando tienen intención de verdad de cargar contra nosotros.

Este último viaje ha habido alguna situación curiosa. Probablemente la mayor de ellas fue en Tanzania, haciendo un safari con mi socio, sus primos y un amigo. Nada de clientes, a nuestra bola. Estabamos en una zona preciosa junto al Serengeti y llevabamos unos 8 km andando. Llegamos a una zona preciosa de la ribera del mítico río Grumeti, que en esta época ejerce de Guadiana y aparece y desaparece. Era un lugar maravilloso, sombreado y con una pequeña charca. Un lugar ideal para descansar. T estaba tan emocionado y entusiasmado como siempre que exploramos lugares nuevos, y planteó la idea de bañarnos, cosa que se agradecía después de la caminata. Nos hicimos fotos junto a la orilla y nos sentamos a beber un poco de agua y quitarnos los zapatos para meternos en el agua (ver foto inferior), y mirábamos con los prismáticos a una elefanta que estaba a unos 500 metros colina arriba, cuando uno de los masai exclamó: mamba! (cocodrilo en swahili)…. nos quedamos helados y fuimos corriendo a comprobar que efectivamente estaba la huella reciente de un cocodrilo que se había deslizado dentro de las oscuras aguas… T dijo que si hubiera llevado sandalias en lugar de botas se habría metido del tirón! así que estuvimos bromeando un rato ante la posibilidad de ofrecernos una escena para unas fotos espectaculares…

Eso si, a veces en las situaciones de mayor hatari (peligro), se consiguen las fotos más espectaculares. En la foto de arriba A comprobó las consecuencias de acercarse imprudentemente a un elefante, en concreto a una hembra. Cuando advirtió su presencia (le dijimos que bajara para una foto, pero no que se acercara a unos 30 metros del animal) se volvió rápidamente y avanzó amenazadoramente unos metros mientras A corría a subirse a La Diligencia…

Probablemente A no sea consciente del peligro que corrió. T y yo nos miramos, esta vez estuvo cerca…

9 de octubre de 2006

La soledad del gran macho

La vida en África es dura, muy dura. Se cumple la máxima de que tan sólo los más fuertes sobreviven.

En África vivir significa luchar, se lucha desde antes de nacer, cuando la hembra preñada y por tanto más mermada en condiciones, se las ingenia para sobrevivir ese periodo sin ser devorada, esforzandose para ocultarse de los enemigos o seguir a la manada…

Se lucha desde que se nace, si una gacela o un ñu se pone de pié antes de 5 minutos, tendrá más posibilidades de aprender a correr lo suficientemente pronto como para ponerse a cobijo antes de que las hienas o chacales, atraidos por el olor de la placenta, lleguen hambrientos a una fácil carnicería.

Se lucha por ser el lider, por ser el más fuerte, el que cubra a las hembras, el que deje su semilla y siembre el futuro de la sabana. Los mejores llegan a dominar el territorio. Su recompensa es un harem de hembras, que en el caso de los leones cazarán para él.

Pero los jovenes, sedientos de poder, no tardarán en doblegarle. Entonces el gran macho, derrotado y hundido pierde su cetro y se retira a una vida de peligros, en la cual tendrá que valerse de su fuerza para sobrevivir y no caer presa de otros depredadores. Son carne de cañón. Los machos de león viejos se ven mermados para cazar, y sin fuerzas ni habilidad suficiente para robarles las presas a otros animales, más rápidos y ágiles que él. Los elefantes viejos son todopoderosos cascarrabias que no quieren saber de la existencia de nada a su alrededor. Los viejos búfalos se unen con otros grandes colosos caidos e intentan protegerse uniendo sus fuerzas brutas…

En este capítulo, como en todos, África vuelve a darnos lecciones vitales y mostrarnos sus paralelismos con la vida moderna y occidental…

El gran macho solitario, enorme, espléndido, y solo, solo en la sabana, perdido en su paraíso…

Las fotos son de un cliente mio, I.G, tomadas en el Ngorongoro en un safari que le organicé en abril.

Kirotie

Mi amigo Kirotie no tiene teléfono móvil. No puede mandarme un sms para felicitarme por mi cumpleaños. Tampoco tiene ordenador, así que tampoco tenemos contacto por mail ni puede leer mi blog. Da igual, tampoco sabe lo que es un móvil ni un ordenador, ni un mail, ni un blog, ni un sms. Tampoco sabe dónde vivo, da igual, tampoco sabe que existe Madrid o que narices es España… tan solo que estamos tan lejos que nunca podrá venir a verme pues no puede dejar solas a sus vacas y cabras. No puedo avisarle cuándo voy a verle, no le puedo mandar un fax o llamarle por teléfono. Ni siquiera le puedo escribir una carta, pero se que cuando pongo un pie en Loita no tardará enterarse de mi presencia y correrá kilómetros para encontrarse conmigo.


Kirotie no puede ser más distinto a mi, o al resto de mis amigos. Kirotie es un guerrero masai, bueno, ahora está “en la reserva”, pues tras la ceremonia Eunoto del año pasado ya ha dejado de ser un guerrero y es un hombre adulto. Kirotie debe tener unos 27 años, al menos eso es lo que cree, porque no está muy seguro de que año nació. Cuando le conocí, en el año 2002 aluciné en colores. Kirotie es un masai prototipo. Tiene una mirada que no he visto a ningún otro guerrero. Una mirada que congela, que atrapa. Una mirada que puede ser realmente temible, una mirada inocente y curiosa a la vez que asesina. Se te queda mirando fijamente, y como consciente de su fuerza y su poder es capaz de clavartela sin parpadear mientras se la mantienes. Tiene una estampa imponente, mide aproximadamente 1,90 m, un impresionante cuerpo fibroso y musculado y una fuerza prodigiosa. Tiene la presunción, la altanería y el orgullo propio de un masai. Respetuoso, siempre mantenía un poco más las distancias, se mostraba algo más frio que el resto de los guerreros hasta que poco a poco iba pillando confianza. Sin embargo no apartaba su mirada curiosa. Yo era para el tan extraño e inédito con mis botas, pantalones, camisa y chaleco de bolsillos, con mis gafas de sol, prismáticos, camara digital y demás chismes que el a mi con su taparrabos, sus abalorios, sus orejas perforadas y su peinado masai, su lanza, su rungu, y demás aperos… Kirotie es tremendamente educado y respetuoso. Es pausado, nunca habla más de la cuenta y sabe escuchar. Cuando estoy por el campamento haciendo cualquier cosa puedo notar como me sigue con su mirada, analizando atentamente cualquier detalle, intrigado y asombrado, pero no se mete en mis cosas o no se abalanza a cojer mis cosas si yo no se las doy. Pero cuando nota que necesito ayuda, siempre aparece y me la presta.

Cuando despues de ese primer contacto le volví a ver dos años después, llegamos a Loita y Lentano fue corriendo a avisarle, a él y a Mogue, que no tardaron mucho en recorrer los 7 km que nos distanciaban, corriendo de noche en plena sabana. Recuerdo verles aparecer junto al fuego, recuerdo su sonrisa al verme y como dijo: Paco!!! dos años después un guerrero masai se acordaba de mi nombre… creo que fue el momento más emocionante que he vivido en mi vida. Nos abrazamos, bailamos, jugamos… se acordaban de los juegos que les había enseñado, a hacer pulsos… era alucinante comprobar como al igual que yo en mi casa había hablado a toda mi gente sobre mi encuentro con los masais, ellos sin duda habían estado recordando su encuentro con aquel blanco, que si bien no era el primero que veían, si era el primero con que trataban.

Entonces ya noté a un Kirotie aún más maduro, más crecido si cabe, y aún más fuerte y musculado. Me contó todo lo que había pasado desde mi marcha, como había ido el ganado, como habían crecido los niños del poblado, y como se había enfrentado con un león que estuvo a punto de matarle. Me enseñó las muescas de los dientes del león en su lanza, y como esta estaba partida y por eso tenía esa soldadura. Tuvo mucha suerte, fue el más valiente y se acercó el primero y le clavó su lanza. El león en lugar de ir a por el se ensañó con la lanza y eso fue su perdición… Ese gran valor le colmó de honores a mi amigo, y eso le hizo acceder al consejo de sabios. Ese viaje nos unió más, y pasamos de ser conocidos a ser verdaderos amigos.

La última vez que vi a Kirotie fue este verano. De nuevo Lentano fue a buscarles y aparecieron, dandome un abrazo y gritando: Paco, Paco Lion!!! Estaba preparando su boda e intentó por todos los medios convencerme para que me quedase un mes más y pudiera asistir como invitado de honor. Yo quise corresponderle y le regalé un saco de azucar para la celebración, una navaja, un reloj y unos chelines. Se emocionó y me dió un abrazo que no olvidaré nunca. En este viaje pasamos de ser amigos a ser hermanos. Si le tengo cerca nadie me hará daño. Es increible como un hombre como el, que puede ser frio como el hielo, que se enfrenta a leones, que lucha en guerras ancestrales y mata a gente de su tribu enemiga puede ser tan cariñoso y tener esa mirada tan potente a la vez.


Podría estar días enteros hablando de mis días con Kirotie y los demás, todos son mis amigos, a todos los quiero como hermanos pero con el tengo una relación muy especial. Me encanta estar sentado junto a el en el fuego, sin decir nada, mirarnos y sonreir, o cuando mientras andamos por la sabana me da la mano y caminamos así un rato, o me lleva la mochila y me da su lanza pq sabe que me encanta andar con ella en la mano. Me encanta ver su sonrisa de niño cuando jugamos a pelearnos, o cuando le subo a caballito y corro con el encima por todo el campamento, o cuando se parte de risa al ver mi torpeza al intentar lanzar la lanza o hacer alguna cosa “masai”, se parte cuando bailo con ellos por la noche, cuando salto como ellos, cuando cantamos sus canticos del clan o cuando les enseño palabras o canciones en español. Es alunciante cuando me habla en maa y da por hecho que le entiendo… Me encanta que me pida mi manta masai para irse a dormir y siempre se asome a mi tienda a darme las buenas noches, me flipa ver como luego me la dobla y la deja sobre la tienda por las mañanas. Me gusta dormir con el junto al fuego, al aire libre y bajo un manto de estrellas… Me gusta cuando asamos una cabra o una oveja, y comemos todos juntos entorno al fuego, me alucina ver a Kirotie contando anecdotas de Mogue, de cuando eran pequeños y como todos se descojonan y se parten de risa con sus historias, y yo me rio igual aunque no pueda entender ni una palabra en maa… Me gusta el respeto que muestra cuando andamos 20 km y subimos un monte y yo me quedo sin resuello, y me espera y me ayuda, y sigue mi ritmo y me da su sonrisa amable… me gusta cuando me avisa de algun bicho que haya podido pasarme desapercibido, para que lo veamos por los prismaticos… o cuando despues de hacer una foto siempre viene a verla por la pantallita de la cámara… y me flipa cuando de repente me da un abrazo o me estrecha la mano y suelta: Paco rafiki oleng!!! (Paco muy amigo).

Echo de menos esas largas conversaciones al atardecer, el interrogandome y Milton o Pac traduciendome. Es increible su inteligencia, como cada año que pasa y me ve me va preguntando cosas distintas, y como se asombra con cada una de las respuestas, como pese a ser su amigo no puede comprender que con mi edad no tenga vacas ni mujeres… y como reflexiona ante todas mis respuestas, las asimila e intenta comprender con su mentalidad neolítica las cosas que le cuento de mi vida, de mi ciudad, de mis costumbres… y como no deja de asombrarme con sus conclusiones, tan prácticas, tan honestas y sinceras… tan aplastantemente sencillas que no dejan de ser una lección. A veces las charlas son algo macarrónicas, pero entonces piensas dónde y con quien estás hablando y lo flipo en colores, no logro acostumbrarme…

Como me hubiera gustado asistir a su boda, q ganas tengo de ir a su casa este verano y que entonces ya pueda presentarme a su mujer, y como, al igual que yo tengo en el lugar más especial de mi casa dos de sus lanzas, su rungu, su cuchillo y las pulseras que me ha regalado, el tiene las cosas que yo le he regalado en su choza hecha con los excrementos de sus vacas…

Algún dia lo tengo que traer a Madrid, y enseñarle mi mundo, y que como el siempre dice: estos blancos son muy listos, pero estan completamente locos…

Creo que soy la persona más afortunda del mundo, es un lujo tener un amigo como Kirotie, un hermano que me salvaría de las fauces de un león, y que se enfrentaría a cualquier cosa por mi… con el y sus primos he vivido los momentos mas alucinantes y privilegiados que he vivido nunca…

… es mi amigo!

23 de febrero de 2006

En el campamento del viento…


Al Sur de Mara, junto a la frontera con Tanzania está la barrera de Sand River. Es una barrera fronteriza, ya que al estar cerrada la frontera en este puesto de Sand River, no hay entrada ni salida de turistas ni visitantes al Parque. Sin embargo es el campamento de los Rangers de esta zona tan preciosa y poco visitada del Gran Mara. Cuando llegamos estaba Jules, un buen amigo de M y al ver nuestro logo en un costado de “La Diligencia” sonrío a los “Loita Masai”. T y N hablaban con el capitan del puesto y yo me dediqué a husmear por los alrededores de la puerta. Al poco, a unos 50 metros de la barrera vi claramente la huella de un gran león. Sonreí, sin duda la frontera de Sand River nos iba a guardar buenas emociones. El capitán nos dijo que estabamos en casa, que “Teressa Camp” estaba ocupado, pero que un poco más arriba había unos kopjkes junto al río ideales para acampar. Ni siquiera nos cobró entrada de turista (30US$ por día en el Parque y 15 más por acampar), sino que nos trató como a un kenyata más (unos 3 euros al día). Total que allá que fuimos… estaba casi anocheciendo y teníamos que darnos prisa. Junto a la barrera, al abrigo de los rangers, había acampado una pareja de kenian cowboys con un equipo de camping ultimo modelo.


Salimos del camino y seguimos la rivera del Sand River, que iba con muy poca agua. A unos 3 km de la barrera encontramos los kopjkes, esas enormes moles de granito más viejas que África, únicos restos de la era pre volcánica. El sitio era precioso, teníamos agua, teníamos el abrigo de las rocas y una acacia enorme que nos diera sombra. El sonido era trepidante, un millón de ñues a unos cien kilómetros alrededor, de hecho, una enorme columna bajaba hacia el río. La sonrisa de T, N y la mía se fundía contemplando lo que teníamos alrededor. En 360º veía ñues, gacelas de Thomson, de Grandt, Elands occidentales, cebras de Burchell, ñues barba blanca, 4 viejos búfalos que volvían hacia el bosquecillo de arriba, un par de jirafas y unas hienas que se escurrían en dirección a Keekorok (las maldije, deseando que no se topasen con los seis magníficos). Los kopjkes estaban repletos de cagarrutas de hyrax, o conejos de las rocas. Pak nos sacó de nuestro ensimismamiento recordándonos que no tardaría en oscurecer y que “sería conveniente” plantar el campamento, sugiriendo incluso que sería “más conveniente aún” ir a algún lodge y gozar del lujo para los muzungus (blancos)… Pak pese a ser masai no entiende que el verdadero lujo era disfrutar de ese atardecer.


Sacamos las tiendas, las mesas, las sillas, los cofres con la comida, la nevera de camping, la pala, la parrilla, las lámparas de queroseno, los colchones, la ducha portatil, los bidones para llenarlos de agua del río, el agua potable, el queroseno, el equipaje, y el largo etcétera necesario para que unos muzungus acamparan con cierta comodidad unos días en ese paraíso. Mientras plantaba la ducha detrás de la Dili, hice alguna foto a ese atardecer rojo y entonces ví que la gran columna de ñues se lanzaban al río… uno tras otro, sin el peligro de los cocodrilos del Mara o del Talek, cruzaban el agua, con alguna cebra espabilada entre medias… y así estuvieron 20 minutos, cientos de ellos, hasta que se hizo de noche. El fuego repiqueteaba y Pak nos alcanzaba unas tazas de té, de nesquik para mi, calentito y mientras preparabamos la cena oíamos la noche de la sabana y mirabamos a un cielo de más estrellas aún que ñues… Nos alegrabamos de estar allí, en pleno Masai Mara, acampados, buenos amigos… pocas cosas más se podía pedir. Nacho se afanaba en hacer unos buenos espaguetis y yo decidí celebrarlo con el poco vino que nos quedaba tras una semana de safari por Loita. Echabamos de menos a Kirotie, a Mogue y a los demás… lamentamos no habernos traido a Kirotie… Pak meneando la cabeza se metió en su tienda tras la cena, anunciando que iba a llover… Efectivamente veíamos relámpagos por el Oeste, más allá de Mara Bridge. De repente se levantó el viento, un gran viento bastante fresco… la conversación aguantó hasta que el frío nos venció y cada uno nos fuimos a nuestra tienda, la de N y la mía a sotavento de la Diligencia, la de T, en el techo del fiel y viejo Land Cruiser, dejando ambos lados abiertos para sentir la brisa fresca de la sabana.


Me meto en la tienda, ordeno un poco la ropa, apenas tengo ya más que unos pocos calzoncillos y un par de camisetas limpias. El viento azota la tienda. Me pongo la que uso para dormir y leo un poco a Matthiesen a la luz del frontal. Oigo los primaros pasos alrededor de la tienda, probablemente chacales, quizá hienas. El sonido es indescriptible: hienas, ranas, ñues, y el extraño y único ruido del leopardo. Antes de quedarme dormido ahí está, una y otra vez… el león, suena lejos, debe estar a unos 5 kilómetros… otro suena un poco más lejos en el Oeste… me meto en el saco… sonrío como cada vez que me duermo en África…

Abro los ojos. Mi vejiga avisa que bebí demasiada cerveza en Keekorok y algo más de vino… A trompicones acierto a ponerme los zapatos y salgo de la tienda. Miro el reloj y son cerca de las 3 de la mañana. La hierba ya está empapada, el viento sigue azotando fuerte y la sabana está viva a mi alrededor. El agua del río, el viento, los sonidos de la noche… y un león rugiendo algo más cerca que antes. El campamento está iluminado a la tenue luz de las lámparas de queroseno. Entonces uno, despierta del todo y se hace consciente de dónde está, de que cada sombra está viva y que no es más que nadie en la sabana, soy tan presa como un ñu… No me alejo de la tienda, hago pis todo lo deprisa que puedo y con un escalofrío lleno de sugestión… me vuelvo a meter en la recia protección de una fina tela. Me quedo dormido riendome de mi propio temor, y me parece escuchar a unos chacales cerca del campamento. Me vuelvo a dormir… Al rato un ruido tremendo me despierta… ese rugido, uno, dos, tres, cuatro, cinco veces hasta que se va apagando… está cerca, hay leones a aproximadamente un kilómetro de nosotros. Sonrío, tengo suerte de estar donde estoy.


El siguiente ruido que me despierta es el beep de mi reloj. Las 6. Salgo de la tienda y apenas clarea el día, todo son sombras y ya no oigo el león, probablemente hayan cazado y ya estén comiendo. El amanecer en la sabana es como el nacer de la vida. Las sombras van cobrando forma y veo moverse otra gran columna de ñues bajar hacia la vaguadita. Los viejos búfalos avanzan pesadamente por la otra orilla. Un gran sol naranja va saliendo por el horizonte y dibuja la silueta de los viejos toros que vivieron su momento de gloria y ahora tan solo esperan que un grupo de leonas decidan darse un festín con ellos… El viento se calmó y empiezan a cantar los pájaros. La sabana parece celebrar que ha sobrevivido a las tinieblas y me encanta ese momento, contemplar el campamento en calma, ver el amanecer y me subo al kopjke para contemplarlo en silencio, mirando alrededor por si acaso… si hubiera un leopardo cerca no le duraría ni un segundo! Topo asoma desde lo alto de su atalaya y me sonríe: – Toma amanecer Paco!!!! Vaya viento que hay aqui, el campamento ya tiene nombre: Campi Ya Upepo “El campamento del viento”.

Cuando ya se ve completamente y el amanecer nos ha regalado su espectáculo, nos aseamos, Pak nos prepara chapati recién hecho para desayunar. Topo se hace unos huevos, yo una ensalada de tomate, Nacho se lava en el río… y preparamos todo para otro día en Masai Mara… no hay día en que Mara no nos regale grandes sorpresas, ese día tampoco falló… Efectivamente, cuando nos dirigíamos a la pista, vimos huellas frescas de león a poco más de un kilómetro… deben andar cerca, hacia Cottar’s, vamos a ver si los alcanzamos… Pak se queda en la barrera, a pasar el día con sus amigos rangers, nos miran divertidos, contemplando el entusiasmo de unos blancos en su tierra…

Cuando volvemos al campamento después de un día cargado de emociones… zas… el campamento está hecho trizas!!! Babuinos!!!! Ha revuelto todo, registrado cada rincón, han conseguido abrir la nevera, que tiene varias incisiones de colmillos marcadas en el plástico y se han comido toda la fruta y los vegetales, tb han revuelto toda la basura… El arcón de metal con la comida está volcado y uno de los cierres está abierto, afortunadamente el otro ha aguantado los embistes y no han conseguido su objetivo. Nos llevó un buen rato organizarlo todo, mientras veíamos otro alucinante atardecer y volvían a su refugio los viejos búfalos, que esta vez venían por nuestra misma orilla, parándose a unos 100 metros, decidiendo si bordearnos, embestirnos o dar media vuelta… Nos quedaba poco para cocinar, no quedaba más remedio que abrir un par de latas de fabada asturiana. Se levanta el viento, empieza a llover y hace frío… en plena sabana africana y comiendo una fabada calentita. Nos miramos y sonreimos, esa noche también fuimos felices.


Me quedé un rato solo junto al fuego, chispeaba y el “upepo” golpeaba fuerte, pero me gustaba sentir la sabana en mi rostro, aquél olor a pasto fresco que es sinónimo de vida… y de muerte, tan de la mano siempre en esta tierra legendaria… Por esos días nosotros fuimos parte de ella, siendo presas, siendo ajenos y propios, visitantes quizá, pero dejamos allí nuestro corazón… Cuando llovíó empezó a rugir el león… Dormí como sólo allí se puede dormir, con un filtro especial para los sonidos, con las alarmas puestas, pero profundamente, con una paz que no se logra en ningún otro lugar… en África, bajo ese manto de estrellas, se sueña muchísimo…

Al día siguiente el amanecer volvió a pertenecerme. El Sand river venía crecidísimo!!! No podríamos haberlo cruzado en Loita. Eso significaba que había llovido mucho en Loita Forest, y en las colinas de Loita, y que aunque nuestros amigos masai se habrían mojado, eso significaba pastos frescos para su ganado para el resto de la seca… Rongai les bendecía con sus lágrimas…

Y allí, encima de ese kopje, viendo a un grupo de elands a mi alrededor, y con la silueta de los viejos búfalos enfrentada al sol de un nuevo día, me di cuenta que en África puedes acordarte de alguien a veces, pero nunca echas de menos a nadie ni a nada…


A veces cuando estoy agobiado, pienso en el Kampi ya Upepo, sonrío, y me pregunto que habrá sido de aquellos viejos búfalos…

7 de marzo de 2006


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