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Hatari!!

A veces las situaciones de peligro están algo presente en África, es uno de los encantos impalpables pero casi casi omnipresentes de viajar por esas tierras.

Normalmente es un viaje muy seguro, nunca pasa nada fuera de lo normal, ni se comen a nadie ni hay nubes de insectos peligrosos decididos a morder con saña a cualquier europeo pretencioso de aventuras. En todos los años que llevo organizando safaris nunca hemos tenido el más mínimo problema, pero si ha habido incontables situaciones emocionantes en las que el turista cree que ha corrido más riesgos de los que en verdad ha tenido, y eso le hace engancharse y vivir más el safari.

Aún así las emociones siempre andan rondando… esa sensación de despertarte a las 5 de la mañana con un buen apretón, en un safari de camping, salir de la tienda, alejarte un poco del campamento y oir toda clase de ruidos y peligros mientras te encuentras en tan innoble situación… escuchar pasos de hienas o chacales alrededor de tu tienda, o quien sabe si de león o de leopardo… tropezarte con alguna serpiente (en Loita cada año me he encontrado alguna peligrosa: pathfather, cobra escupidora y mamba negra). Los guías interpretamos el lenguaje y el comportamiento de los animales. Hay q fijarse en la dirección del viento antes de situarse alrededor de ellos, ver si han comido o no, no iterrumpir sus querencias y bloquearles el paso, y en el caso de los elefantes, leer su lenguaje de orejas, interpretando cuándo están amenazando y cuando tienen intención de verdad de cargar contra nosotros.

Este último viaje ha habido alguna situación curiosa. Probablemente la mayor de ellas fue en Tanzania, haciendo un safari con mi socio, sus primos y un amigo. Nada de clientes, a nuestra bola. Estabamos en una zona preciosa junto al Serengeti y llevabamos unos 8 km andando. Llegamos a una zona preciosa de la ribera del mítico río Grumeti, que en esta época ejerce de Guadiana y aparece y desaparece. Era un lugar maravilloso, sombreado y con una pequeña charca. Un lugar ideal para descansar. T estaba tan emocionado y entusiasmado como siempre que exploramos lugares nuevos, y planteó la idea de bañarnos, cosa que se agradecía después de la caminata. Nos hicimos fotos junto a la orilla y nos sentamos a beber un poco de agua y quitarnos los zapatos para meternos en el agua (ver foto inferior), y mirábamos con los prismáticos a una elefanta que estaba a unos 500 metros colina arriba, cuando uno de los masai exclamó: mamba! (cocodrilo en swahili)…. nos quedamos helados y fuimos corriendo a comprobar que efectivamente estaba la huella reciente de un cocodrilo que se había deslizado dentro de las oscuras aguas… T dijo que si hubiera llevado sandalias en lugar de botas se habría metido del tirón! así que estuvimos bromeando un rato ante la posibilidad de ofrecernos una escena para unas fotos espectaculares…

Eso si, a veces en las situaciones de mayor hatari (peligro), se consiguen las fotos más espectaculares. En la foto de arriba A comprobó las consecuencias de acercarse imprudentemente a un elefante, en concreto a una hembra. Cuando advirtió su presencia (le dijimos que bajara para una foto, pero no que se acercara a unos 30 metros del animal) se volvió rápidamente y avanzó amenazadoramente unos metros mientras A corría a subirse a La Diligencia…

Probablemente A no sea consciente del peligro que corrió. T y yo nos miramos, esta vez estuvo cerca…

9 de octubre de 2006

La soledad del gran macho

La vida en África es dura, muy dura. Se cumple la máxima de que tan sólo los más fuertes sobreviven.

En África vivir significa luchar, se lucha desde antes de nacer, cuando la hembra preñada y por tanto más mermada en condiciones, se las ingenia para sobrevivir ese periodo sin ser devorada, esforzandose para ocultarse de los enemigos o seguir a la manada…

Se lucha desde que se nace, si una gacela o un ñu se pone de pié antes de 5 minutos, tendrá más posibilidades de aprender a correr lo suficientemente pronto como para ponerse a cobijo antes de que las hienas o chacales, atraidos por el olor de la placenta, lleguen hambrientos a una fácil carnicería.

Se lucha por ser el lider, por ser el más fuerte, el que cubra a las hembras, el que deje su semilla y siembre el futuro de la sabana. Los mejores llegan a dominar el territorio. Su recompensa es un harem de hembras, que en el caso de los leones cazarán para él.

Pero los jovenes, sedientos de poder, no tardarán en doblegarle. Entonces el gran macho, derrotado y hundido pierde su cetro y se retira a una vida de peligros, en la cual tendrá que valerse de su fuerza para sobrevivir y no caer presa de otros depredadores. Son carne de cañón. Los machos de león viejos se ven mermados para cazar, y sin fuerzas ni habilidad suficiente para robarles las presas a otros animales, más rápidos y ágiles que él. Los elefantes viejos son todopoderosos cascarrabias que no quieren saber de la existencia de nada a su alrededor. Los viejos búfalos se unen con otros grandes colosos caidos e intentan protegerse uniendo sus fuerzas brutas…

En este capítulo, como en todos, África vuelve a darnos lecciones vitales y mostrarnos sus paralelismos con la vida moderna y occidental…

El gran macho solitario, enorme, espléndido, y solo, solo en la sabana, perdido en su paraíso…

Las fotos son de un cliente mio, I.G, tomadas en el Ngorongoro en un safari que le organicé en abril.

Kirotie

Mi amigo Kirotie no tiene teléfono móvil. No puede mandarme un sms para felicitarme por mi cumpleaños. Tampoco tiene ordenador, así que tampoco tenemos contacto por mail ni puede leer mi blog. Da igual, tampoco sabe lo que es un móvil ni un ordenador, ni un mail, ni un blog, ni un sms. Tampoco sabe dónde vivo, da igual, tampoco sabe que existe Madrid o que narices es España… tan solo que estamos tan lejos que nunca podrá venir a verme pues no puede dejar solas a sus vacas y cabras. No puedo avisarle cuándo voy a verle, no le puedo mandar un fax o llamarle por teléfono. Ni siquiera le puedo escribir una carta, pero se que cuando pongo un pie en Loita no tardará enterarse de mi presencia y correrá kilómetros para encontrarse conmigo.


Kirotie no puede ser más distinto a mi, o al resto de mis amigos. Kirotie es un guerrero masai, bueno, ahora está “en la reserva”, pues tras la ceremonia Eunoto del año pasado ya ha dejado de ser un guerrero y es un hombre adulto. Kirotie debe tener unos 27 años, al menos eso es lo que cree, porque no está muy seguro de que año nació. Cuando le conocí, en el año 2002 aluciné en colores. Kirotie es un masai prototipo. Tiene una mirada que no he visto a ningún otro guerrero. Una mirada que congela, que atrapa. Una mirada que puede ser realmente temible, una mirada inocente y curiosa a la vez que asesina. Se te queda mirando fijamente, y como consciente de su fuerza y su poder es capaz de clavartela sin parpadear mientras se la mantienes. Tiene una estampa imponente, mide aproximadamente 1,90 m, un impresionante cuerpo fibroso y musculado y una fuerza prodigiosa. Tiene la presunción, la altanería y el orgullo propio de un masai. Respetuoso, siempre mantenía un poco más las distancias, se mostraba algo más frio que el resto de los guerreros hasta que poco a poco iba pillando confianza. Sin embargo no apartaba su mirada curiosa. Yo era para el tan extraño e inédito con mis botas, pantalones, camisa y chaleco de bolsillos, con mis gafas de sol, prismáticos, camara digital y demás chismes que el a mi con su taparrabos, sus abalorios, sus orejas perforadas y su peinado masai, su lanza, su rungu, y demás aperos… Kirotie es tremendamente educado y respetuoso. Es pausado, nunca habla más de la cuenta y sabe escuchar. Cuando estoy por el campamento haciendo cualquier cosa puedo notar como me sigue con su mirada, analizando atentamente cualquier detalle, intrigado y asombrado, pero no se mete en mis cosas o no se abalanza a cojer mis cosas si yo no se las doy. Pero cuando nota que necesito ayuda, siempre aparece y me la presta.

Cuando despues de ese primer contacto le volví a ver dos años después, llegamos a Loita y Lentano fue corriendo a avisarle, a él y a Mogue, que no tardaron mucho en recorrer los 7 km que nos distanciaban, corriendo de noche en plena sabana. Recuerdo verles aparecer junto al fuego, recuerdo su sonrisa al verme y como dijo: Paco!!! dos años después un guerrero masai se acordaba de mi nombre… creo que fue el momento más emocionante que he vivido en mi vida. Nos abrazamos, bailamos, jugamos… se acordaban de los juegos que les había enseñado, a hacer pulsos… era alucinante comprobar como al igual que yo en mi casa había hablado a toda mi gente sobre mi encuentro con los masais, ellos sin duda habían estado recordando su encuentro con aquel blanco, que si bien no era el primero que veían, si era el primero con que trataban.

Entonces ya noté a un Kirotie aún más maduro, más crecido si cabe, y aún más fuerte y musculado. Me contó todo lo que había pasado desde mi marcha, como había ido el ganado, como habían crecido los niños del poblado, y como se había enfrentado con un león que estuvo a punto de matarle. Me enseñó las muescas de los dientes del león en su lanza, y como esta estaba partida y por eso tenía esa soldadura. Tuvo mucha suerte, fue el más valiente y se acercó el primero y le clavó su lanza. El león en lugar de ir a por el se ensañó con la lanza y eso fue su perdición… Ese gran valor le colmó de honores a mi amigo, y eso le hizo acceder al consejo de sabios. Ese viaje nos unió más, y pasamos de ser conocidos a ser verdaderos amigos.

La última vez que vi a Kirotie fue este verano. De nuevo Lentano fue a buscarles y aparecieron, dandome un abrazo y gritando: Paco, Paco Lion!!! Estaba preparando su boda e intentó por todos los medios convencerme para que me quedase un mes más y pudiera asistir como invitado de honor. Yo quise corresponderle y le regalé un saco de azucar para la celebración, una navaja, un reloj y unos chelines. Se emocionó y me dió un abrazo que no olvidaré nunca. En este viaje pasamos de ser amigos a ser hermanos. Si le tengo cerca nadie me hará daño. Es increible como un hombre como el, que puede ser frio como el hielo, que se enfrenta a leones, que lucha en guerras ancestrales y mata a gente de su tribu enemiga puede ser tan cariñoso y tener esa mirada tan potente a la vez.


Podría estar días enteros hablando de mis días con Kirotie y los demás, todos son mis amigos, a todos los quiero como hermanos pero con el tengo una relación muy especial. Me encanta estar sentado junto a el en el fuego, sin decir nada, mirarnos y sonreir, o cuando mientras andamos por la sabana me da la mano y caminamos así un rato, o me lleva la mochila y me da su lanza pq sabe que me encanta andar con ella en la mano. Me encanta ver su sonrisa de niño cuando jugamos a pelearnos, o cuando le subo a caballito y corro con el encima por todo el campamento, o cuando se parte de risa al ver mi torpeza al intentar lanzar la lanza o hacer alguna cosa “masai”, se parte cuando bailo con ellos por la noche, cuando salto como ellos, cuando cantamos sus canticos del clan o cuando les enseño palabras o canciones en español. Es alunciante cuando me habla en maa y da por hecho que le entiendo… Me encanta que me pida mi manta masai para irse a dormir y siempre se asome a mi tienda a darme las buenas noches, me flipa ver como luego me la dobla y la deja sobre la tienda por las mañanas. Me gusta dormir con el junto al fuego, al aire libre y bajo un manto de estrellas… Me gusta cuando asamos una cabra o una oveja, y comemos todos juntos entorno al fuego, me alucina ver a Kirotie contando anecdotas de Mogue, de cuando eran pequeños y como todos se descojonan y se parten de risa con sus historias, y yo me rio igual aunque no pueda entender ni una palabra en maa… Me gusta el respeto que muestra cuando andamos 20 km y subimos un monte y yo me quedo sin resuello, y me espera y me ayuda, y sigue mi ritmo y me da su sonrisa amable… me gusta cuando me avisa de algun bicho que haya podido pasarme desapercibido, para que lo veamos por los prismaticos… o cuando despues de hacer una foto siempre viene a verla por la pantallita de la cámara… y me flipa cuando de repente me da un abrazo o me estrecha la mano y suelta: Paco rafiki oleng!!! (Paco muy amigo).

Echo de menos esas largas conversaciones al atardecer, el interrogandome y Milton o Pac traduciendome. Es increible su inteligencia, como cada año que pasa y me ve me va preguntando cosas distintas, y como se asombra con cada una de las respuestas, como pese a ser su amigo no puede comprender que con mi edad no tenga vacas ni mujeres… y como reflexiona ante todas mis respuestas, las asimila e intenta comprender con su mentalidad neolítica las cosas que le cuento de mi vida, de mi ciudad, de mis costumbres… y como no deja de asombrarme con sus conclusiones, tan prácticas, tan honestas y sinceras… tan aplastantemente sencillas que no dejan de ser una lección. A veces las charlas son algo macarrónicas, pero entonces piensas dónde y con quien estás hablando y lo flipo en colores, no logro acostumbrarme…

Como me hubiera gustado asistir a su boda, q ganas tengo de ir a su casa este verano y que entonces ya pueda presentarme a su mujer, y como, al igual que yo tengo en el lugar más especial de mi casa dos de sus lanzas, su rungu, su cuchillo y las pulseras que me ha regalado, el tiene las cosas que yo le he regalado en su choza hecha con los excrementos de sus vacas…

Algún dia lo tengo que traer a Madrid, y enseñarle mi mundo, y que como el siempre dice: estos blancos son muy listos, pero estan completamente locos…

Creo que soy la persona más afortunda del mundo, es un lujo tener un amigo como Kirotie, un hermano que me salvaría de las fauces de un león, y que se enfrentaría a cualquier cosa por mi… con el y sus primos he vivido los momentos mas alucinantes y privilegiados que he vivido nunca…

… es mi amigo!

23 de febrero de 2006

En el campamento del viento…


Al Sur de Mara, junto a la frontera con Tanzania está la barrera de Sand River. Es una barrera fronteriza, ya que al estar cerrada la frontera en este puesto de Sand River, no hay entrada ni salida de turistas ni visitantes al Parque. Sin embargo es el campamento de los Rangers de esta zona tan preciosa y poco visitada del Gran Mara. Cuando llegamos estaba Jules, un buen amigo de M y al ver nuestro logo en un costado de “La Diligencia” sonrío a los “Loita Masai”. T y N hablaban con el capitan del puesto y yo me dediqué a husmear por los alrededores de la puerta. Al poco, a unos 50 metros de la barrera vi claramente la huella de un gran león. Sonreí, sin duda la frontera de Sand River nos iba a guardar buenas emociones. El capitán nos dijo que estabamos en casa, que “Teressa Camp” estaba ocupado, pero que un poco más arriba había unos kopjkes junto al río ideales para acampar. Ni siquiera nos cobró entrada de turista (30US$ por día en el Parque y 15 más por acampar), sino que nos trató como a un kenyata más (unos 3 euros al día). Total que allá que fuimos… estaba casi anocheciendo y teníamos que darnos prisa. Junto a la barrera, al abrigo de los rangers, había acampado una pareja de kenian cowboys con un equipo de camping ultimo modelo.


Salimos del camino y seguimos la rivera del Sand River, que iba con muy poca agua. A unos 3 km de la barrera encontramos los kopjkes, esas enormes moles de granito más viejas que África, únicos restos de la era pre volcánica. El sitio era precioso, teníamos agua, teníamos el abrigo de las rocas y una acacia enorme que nos diera sombra. El sonido era trepidante, un millón de ñues a unos cien kilómetros alrededor, de hecho, una enorme columna bajaba hacia el río. La sonrisa de T, N y la mía se fundía contemplando lo que teníamos alrededor. En 360º veía ñues, gacelas de Thomson, de Grandt, Elands occidentales, cebras de Burchell, ñues barba blanca, 4 viejos búfalos que volvían hacia el bosquecillo de arriba, un par de jirafas y unas hienas que se escurrían en dirección a Keekorok (las maldije, deseando que no se topasen con los seis magníficos). Los kopjkes estaban repletos de cagarrutas de hyrax, o conejos de las rocas. Pak nos sacó de nuestro ensimismamiento recordándonos que no tardaría en oscurecer y que “sería conveniente” plantar el campamento, sugiriendo incluso que sería “más conveniente aún” ir a algún lodge y gozar del lujo para los muzungus (blancos)… Pak pese a ser masai no entiende que el verdadero lujo era disfrutar de ese atardecer.


Sacamos las tiendas, las mesas, las sillas, los cofres con la comida, la nevera de camping, la pala, la parrilla, las lámparas de queroseno, los colchones, la ducha portatil, los bidones para llenarlos de agua del río, el agua potable, el queroseno, el equipaje, y el largo etcétera necesario para que unos muzungus acamparan con cierta comodidad unos días en ese paraíso. Mientras plantaba la ducha detrás de la Dili, hice alguna foto a ese atardecer rojo y entonces ví que la gran columna de ñues se lanzaban al río… uno tras otro, sin el peligro de los cocodrilos del Mara o del Talek, cruzaban el agua, con alguna cebra espabilada entre medias… y así estuvieron 20 minutos, cientos de ellos, hasta que se hizo de noche. El fuego repiqueteaba y Pak nos alcanzaba unas tazas de té, de nesquik para mi, calentito y mientras preparabamos la cena oíamos la noche de la sabana y mirabamos a un cielo de más estrellas aún que ñues… Nos alegrabamos de estar allí, en pleno Masai Mara, acampados, buenos amigos… pocas cosas más se podía pedir. Nacho se afanaba en hacer unos buenos espaguetis y yo decidí celebrarlo con el poco vino que nos quedaba tras una semana de safari por Loita. Echabamos de menos a Kirotie, a Mogue y a los demás… lamentamos no habernos traido a Kirotie… Pak meneando la cabeza se metió en su tienda tras la cena, anunciando que iba a llover… Efectivamente veíamos relámpagos por el Oeste, más allá de Mara Bridge. De repente se levantó el viento, un gran viento bastante fresco… la conversación aguantó hasta que el frío nos venció y cada uno nos fuimos a nuestra tienda, la de N y la mía a sotavento de la Diligencia, la de T, en el techo del fiel y viejo Land Cruiser, dejando ambos lados abiertos para sentir la brisa fresca de la sabana.


Me meto en la tienda, ordeno un poco la ropa, apenas tengo ya más que unos pocos calzoncillos y un par de camisetas limpias. El viento azota la tienda. Me pongo la que uso para dormir y leo un poco a Matthiesen a la luz del frontal. Oigo los primaros pasos alrededor de la tienda, probablemente chacales, quizá hienas. El sonido es indescriptible: hienas, ranas, ñues, y el extraño y único ruido del leopardo. Antes de quedarme dormido ahí está, una y otra vez… el león, suena lejos, debe estar a unos 5 kilómetros… otro suena un poco más lejos en el Oeste… me meto en el saco… sonrío como cada vez que me duermo en África…

Abro los ojos. Mi vejiga avisa que bebí demasiada cerveza en Keekorok y algo más de vino… A trompicones acierto a ponerme los zapatos y salgo de la tienda. Miro el reloj y son cerca de las 3 de la mañana. La hierba ya está empapada, el viento sigue azotando fuerte y la sabana está viva a mi alrededor. El agua del río, el viento, los sonidos de la noche… y un león rugiendo algo más cerca que antes. El campamento está iluminado a la tenue luz de las lámparas de queroseno. Entonces uno, despierta del todo y se hace consciente de dónde está, de que cada sombra está viva y que no es más que nadie en la sabana, soy tan presa como un ñu… No me alejo de la tienda, hago pis todo lo deprisa que puedo y con un escalofrío lleno de sugestión… me vuelvo a meter en la recia protección de una fina tela. Me quedo dormido riendome de mi propio temor, y me parece escuchar a unos chacales cerca del campamento. Me vuelvo a dormir… Al rato un ruido tremendo me despierta… ese rugido, uno, dos, tres, cuatro, cinco veces hasta que se va apagando… está cerca, hay leones a aproximadamente un kilómetro de nosotros. Sonrío, tengo suerte de estar donde estoy.


El siguiente ruido que me despierta es el beep de mi reloj. Las 6. Salgo de la tienda y apenas clarea el día, todo son sombras y ya no oigo el león, probablemente hayan cazado y ya estén comiendo. El amanecer en la sabana es como el nacer de la vida. Las sombras van cobrando forma y veo moverse otra gran columna de ñues bajar hacia la vaguadita. Los viejos búfalos avanzan pesadamente por la otra orilla. Un gran sol naranja va saliendo por el horizonte y dibuja la silueta de los viejos toros que vivieron su momento de gloria y ahora tan solo esperan que un grupo de leonas decidan darse un festín con ellos… El viento se calmó y empiezan a cantar los pájaros. La sabana parece celebrar que ha sobrevivido a las tinieblas y me encanta ese momento, contemplar el campamento en calma, ver el amanecer y me subo al kopjke para contemplarlo en silencio, mirando alrededor por si acaso… si hubiera un leopardo cerca no le duraría ni un segundo! Topo asoma desde lo alto de su atalaya y me sonríe: – Toma amanecer Paco!!!! Vaya viento que hay aqui, el campamento ya tiene nombre: Campi Ya Upepo “El campamento del viento”.

Cuando ya se ve completamente y el amanecer nos ha regalado su espectáculo, nos aseamos, Pak nos prepara chapati recién hecho para desayunar. Topo se hace unos huevos, yo una ensalada de tomate, Nacho se lava en el río… y preparamos todo para otro día en Masai Mara… no hay día en que Mara no nos regale grandes sorpresas, ese día tampoco falló… Efectivamente, cuando nos dirigíamos a la pista, vimos huellas frescas de león a poco más de un kilómetro… deben andar cerca, hacia Cottar’s, vamos a ver si los alcanzamos… Pak se queda en la barrera, a pasar el día con sus amigos rangers, nos miran divertidos, contemplando el entusiasmo de unos blancos en su tierra…

Cuando volvemos al campamento después de un día cargado de emociones… zas… el campamento está hecho trizas!!! Babuinos!!!! Ha revuelto todo, registrado cada rincón, han conseguido abrir la nevera, que tiene varias incisiones de colmillos marcadas en el plástico y se han comido toda la fruta y los vegetales, tb han revuelto toda la basura… El arcón de metal con la comida está volcado y uno de los cierres está abierto, afortunadamente el otro ha aguantado los embistes y no han conseguido su objetivo. Nos llevó un buen rato organizarlo todo, mientras veíamos otro alucinante atardecer y volvían a su refugio los viejos búfalos, que esta vez venían por nuestra misma orilla, parándose a unos 100 metros, decidiendo si bordearnos, embestirnos o dar media vuelta… Nos quedaba poco para cocinar, no quedaba más remedio que abrir un par de latas de fabada asturiana. Se levanta el viento, empieza a llover y hace frío… en plena sabana africana y comiendo una fabada calentita. Nos miramos y sonreimos, esa noche también fuimos felices.


Me quedé un rato solo junto al fuego, chispeaba y el “upepo” golpeaba fuerte, pero me gustaba sentir la sabana en mi rostro, aquél olor a pasto fresco que es sinónimo de vida… y de muerte, tan de la mano siempre en esta tierra legendaria… Por esos días nosotros fuimos parte de ella, siendo presas, siendo ajenos y propios, visitantes quizá, pero dejamos allí nuestro corazón… Cuando llovíó empezó a rugir el león… Dormí como sólo allí se puede dormir, con un filtro especial para los sonidos, con las alarmas puestas, pero profundamente, con una paz que no se logra en ningún otro lugar… en África, bajo ese manto de estrellas, se sueña muchísimo…

Al día siguiente el amanecer volvió a pertenecerme. El Sand river venía crecidísimo!!! No podríamos haberlo cruzado en Loita. Eso significaba que había llovido mucho en Loita Forest, y en las colinas de Loita, y que aunque nuestros amigos masai se habrían mojado, eso significaba pastos frescos para su ganado para el resto de la seca… Rongai les bendecía con sus lágrimas…

Y allí, encima de ese kopje, viendo a un grupo de elands a mi alrededor, y con la silueta de los viejos búfalos enfrentada al sol de un nuevo día, me di cuenta que en África puedes acordarte de alguien a veces, pero nunca echas de menos a nadie ni a nada…


A veces cuando estoy agobiado, pienso en el Kampi ya Upepo, sonrío, y me pregunto que habrá sido de aquellos viejos búfalos…

7 de marzo de 2006

Jimmy

Niños masai en Siana, Kenya, septiembre de 2006

Hace poco más de un mes…

Estabamos a punto de enfilar la parte final del safari. La etapa entre Amboseli y Tsavo es peculiar, no solo por el increible paisaje fronterizo, presidido por el imponente perfil del Kilimanjaro. Por precaución, se ha de formar una caravana cada dos o tres horas entre todos los coches que van de un Parque a otro y esta caravana ha de estar protegida por Rangers del KWS (Kenya Wildlife Service). Hace unos 15 años esta carretera fue muy peligrosa, ya que los cazadores furtivos de elefantes llegaron a asaltar e incluso a asesinar turistas que se dirigian a Tsavo a través de las Chyullu Hills. Ahora la situación ha cambiado mucho, y pese a que es posible que aún quede algún bandido Shifta en estas colinas que encandilaron a Hemingway, esta medida es más que nada por precaución.

Como todo que necesite una mínima organización en Kenya, el “pole pole” africano se adueña de la situación y es mejor no tener ninguna prisa. Primero estuvimos más de media hora parados en la puerta de Amboseli, donde estuve bromeaando con varias mujeres masai que vendían collares y adornos, y tras un breve viaje, tuvimos que quedarnos a esperar a los rezagados no lejos de Loitokitok, cuna de la cultura masai. El poblado no eran más que cuatro casas no demasiado cerca del camino, y la tierra aqui es completamente roja. La barrera del KWS indica la cercanía del Tsavo, al Sur se divisa el Kili, al Norte las Chyullu Hills, y las acacias a los lados de la carretera están cubiertas del polvo rojo.

De nuevo una larga parada y como suele suceder en las inmediaciones de los parques, los coches no tardaron en verse rodeados por gente ofreciendo vender y comprar todo tipo de artesanía, objetos, fruta, maiz, cacahuetes… Yo como suelo hacer, les mandé directamente a acosar a los turistas mientras algún listillo me decía que la obligación del “tour leader” es la de ayudar y favorecer la economía local…. todo, claro está, para intentar venderme a mi algún cachibache. Aburrido, me bajé del coche y me alejé unos metros para contemplar la curiosa escena. En frente del coche, a unos quince metros, había un chaval masai de unos 12 años, descalzo, y vestido con una camiseta y pantalones roidos en lugar de la tradicional shuka, y estaba apoyado en una desvencijada bicicleta, mirandome con curiosidad.

Me acerqué a el y empezamos a charlar, me dijo que se llamaba Jimmy y que aunque no era de este pueblo, estaba allí por el colegio. Ese día era domingo y no había clase. Me dijo que la bici era de su tio, que le estaba esperando. Me dijo que le gustaba mucho el colegio y era de los primeros de su clase, que le gustaban especialmente las matemáticas y no le gustaba la comida del colegio. Todas las frases las terminaba con un respetuoso “Sir”. Le pregunté que quería ser de mayor, y con un brillo orgulloso en los ojos le dijo que le encantaría ser guía profesional, llevar turistas y conducirles por su país en un Land Cruiser nuevo y brillante. Me preguntó que si era dificil llegar a ser un buen guía y me hizo todo tipo de preguntas sobre mis guías y los clientes…

Le sonrié y le di mi tarjeta. Le dije que cuando terminase de estudiar y creciera se pusiera en contacto conmigo y veríamos que podríamos hacer con el, que si seguía con esa ilusión le ayudaría a cumplir su sueño…

Hoy llueve a saco en la ciudad, tenía que venir a la oficina y aunque mi espíritu estaba más que triste, recordé la sonrisa de Jimmy, y como se guardó en su bolsillo mi tarjeta, y me acordé de su bicicleta, y me gustaría saber que está bien y que sigue esforzandose en el colegio y que sus sueños siguen intactos…

Que no se nos rompan nunca los sueños, entonces no tendremos salvación…

… mi sueño…

4 de noviembre de 2006

La foto no es de Jimmy, es de dos niños pastores masai no lejos de Siana…

Tembo

Tembo

África me proporciona siempre sensaciones incomparables. He hablado y escrito mucho sobre ello, sobre su gente, sobre su luz, sobre su filosofía, sus problemas, mis nostalgias por esta tierra y mis sentimientos vividos allí…

 

Pero hoy quiero hablar sobre una de sus más extraordinarias criaturas, un africano por excelencia, mítico y sorprendente siempre, entrañable, espeluznante, tierno y peligroso a la vez: el elefante.

 

A veces algo de sobra visto puede llegar a decepcionarnos a la hora de verlo con nuestros propios ojos. Esto es algo que suele pasarle a la gente sin sensibilidad y que no se sorprende con nada. Pero en el caso de los elefantes, por mucho que los hayáis visto en la tele, en películas, documentales o incluso en el zoo,no hay nada más emocionante e incomparable a contemplar a un enorme elefante de sabana africano (loxodontha africana)en su hábitat natural, en campo abierto sin vallas, campando a sus anchas como lo han hecho durante miles de años, delante de ti, soberbios, arrogantes, poderosos y elegantes, una mole de cinco toneladas de piel, músculos y huesos coronados por los increíbles colmillos de marfil y su gigantesca trompa. Y un detalle que a muchos pasa desapercibido: el mapa de África que son sus orejas…

 

Son animales sorprendentes ademas por su comportamiento, por sus costumbres, por su manera de comunicarse, su inteligencia y su esquema social. Son a su vez muy tozudos, con un carácter malisimo, violetos y extremadamente agresivos, pues se saben sin enemigos y son partidarios de que la mejor defensa es un buen ataque. Llegan a ser crueles con sus victimas, la crueldad animal que a veces no comprende mi pequeña y querida N (;)). Muchas veces cuando organizo un safari, la gente me pregunta sobre los peligros, especialmente a la hora de caminar por la sabana. Generalmente temen a leones o leopardos, y muchos no se imaginan que cuando ando por África lo que más me preocupa es un inoportuno encuentro con elefantes. Además pese a ser tan enormes, son muy ágiles y rápidos, increíblemente silenciosos y por grandes que sean a veces pueden ocultarse tras un grupo de arbustos o acacias y pasar inadvertidos. De hecho en ocasiones se les detecta por el raro sonido de sus jugos gástricos.

 

Podría hablar horas y horas sobre estos bichos que me apasionan. Tengo cientos de ellos, cientos de escenas todas diferentes y especiales en mi retina. Recuerdo claramente aquel encuentro con un gran elefante macho, algo joven, en el Parque de Tarangire en Tanzania. Subíamos con el Land Cruiser por una cuesta empinada y al atravesar un bosquecillo nos topamos con el a unos 70m. Enseguida levantó’o la trompa amenazantemente y acelero el ritmo. Charles detuvo el coche y le dije que aguantara. El elefante venia hacia nosotros cada vez más rápido, agitando la trompa, la cabeza y las orejas (ver foto inferior). Los clientes empezaron a ponerse nervioso a la vez que no paraban de disparar las cámaras. Hay lenguaje que hay que saber leer en la posición de las orejas, así que cuando a unos 30 metros, en posición de “cuidado conmigo y tengo preferencia”, las dejo quietas medio abierta, le dije a Charles que retrocediera. La gente lo flipaba, pero cuando nos apartamos, el joven elefante continuo pastando tranquilamente.

 

Mi amigo J me tranquiliza, desde su centro de estudio del elefante en Nairobi y me dice que actualmente la población de elefante en África crece un 5% anual. Es mas, por la reducción de su habitat hay zonas donde hay exceso de población y están deforestando Parques enteros…

 

Pero esa es otra historia… yo mientras tanto sueño con aquellas columnas de elefantes en Tsavo, en las que decían que cubrían kilómetros y kilómetros como si quisieran embarcarse en una gigantesca arca y cruzar el Indico…

 

14 de abril de 2007
Foto superior: José Cabrerizo. Elefantes al atardecer en Shaba, Kenya. Septiembre de 2005
Foto inferior: Elefante cargando, Tarangire. Tanzania. Agosto de 2004

Elfante cargando, Tarangire. Tanzania,  Agosto de 2004

Encuentro

Paco y Kirotie en Loita Hills, agosto de 2005

Una vez más, un año después, volví a Loita Hills. Cuando uno viaja, llama a sus amigos para avisarles de su llegada, les manda un email con su plan de vuelo, o un mensaje al subir al avión para confirmar que no hay retraso. Da igual el número de kilómetros que recorras que cuando bajas allí te están esperando, con una sonrisa y un abrazo.

Cuando viajo a Loita Hills no hay mails ni faxes ni llamadas avisando mi llegada. Pero uno aparece en el bosque junto a la “boma”, y se encuentra a Lentano recogiendo leña, y cuando comprueba que eres tu, su amigo muzungu, su cara se le ilumina y se acerca corriendo. Comprendes que se lleva una gran sorpresa y que en la oscuridad de la sabana, alrededor del fuego, hablará de ello a su gente durante meses. Cuando Lentano, o Kirotie, o Mogue te dan un abrazo con sus fibrosos y fuertes músculos, sientes lo que es una amistad, el cariño más puro y te sientes en casa.

Que un guerrero masai, capaz de enfrentarse a un león, sienta por ti ese cariño, te reciba en su tierra y te dice:

– Paco Lion rafiki oleng!!!! (mi gran amigo Paco León!!!!)

Sientes una emoción absolutamente sin igual, sonries y le haces ver lo contento y felíz que te hace estar allí con el, y que estás deseando que te cuente las novedades y lo acontecido en las colinas en el último año… Ves sus sonrisas, como no paran de darte muestras de afecto, y sientes siglos de África pura correr por tus venas…

Para mi, África, serán siempre los guerreros de Loita Hills…

21 de septiembre de 2005
Foto: Con Kirotie ole Siloma, guerrero masai. Agosto de 2005

La niña de Lamu

La niña de Lamu

Lamu es un lugar distinto, único, por muchos motivos. Probablemente, para quien consiga llegar al tuétano de su gente y su cultura, es la propia esencia de la isla lo que la hace mágica. Es dificil de explicar y que alguien que no haya estado allí lo entienda. Podría hablaros de sus calles, de su puerto, de la cultura swahili que se respira en cada rincón. En esos marineros descendientes de Simbad el marino con los rostros curtidos por el viento del Indico y del Cuerno de África, vestidos con un kikoy y una camisa,… por el olor de sus calles, a especias, a pescado, a salitre… por las paredes de piedra de coral de sus palacios,… por los ojos misteriosos que asoman entre las burkas y que te enamoran de forma exótica…, por ser una auténtica maquina del tiempo que te hace retroceder siglos en cada esquina, … por mantenerse ajena al turismo y a los touroperadores, …. por el crujido de la madera de sus dhows que navegan lentamente por el canal, impulsada por una ancestral vela latina, … por sus mezquitas y el sonido de sus minaretes, …por la alegría de su gente, por los niños, por los pescadores y las mujeres… por su arrogante manera de mirar al forastero, como compadeciendose de aquel que no vive en este trozo de tierra flotando en el mar…

 

En un callejón entre la calle principal y el waterfront, la vi. Me había fijado en unas niñas que jugaban despreocupadas, ajenas a lo que les rodeaba, con la impresionante inocencia feliz de los niños africanos. Les hice una foto y de pronto me fijé en un ser diminuto que me miraba con los ojos bien abiertos… me enamoré al instante, e instintivamente saqué una foto que tuve la suerte de que salió bordada. El color, la pose, la mirada, la sonrisa, el vestido, la puerta…

 

En ese momento en que se cerró el diafragma comprendí que lo había logrado, había fotografiado la esencia de Lamu…

 

… y obtuve la foto de un viaje…

 

Texto: 21 de septiembre de 2005

Dioses y diablos

Niños masai delante de una choza

En la mayoría de la mitología africana apenas hay distinción entre Dios y el Diablo. Para el africano ambas entidades suponen un ser Superior y Poderoso al cual hay que respetar y evitar molestar.

 

Son mucho más prácticos que nosotros, que, en nuestra obsesión por la distinción del bien y el mal, nos amargamos la existencia.

 

… Y así, el africano, continúa su vida día a día, sin preocuparse de si sus desgracias o bienestares son causadas por el bien o por el mal…

 

Aún tenemos tanto que aprender de ellos…

 

Texto: 21 de septiembre de 2005

Narosura

Niños jugando en Narosura

Hay un pueblo remoto en Kenya, en plenas Loita Plains que se llama Narosura. Allí se crió mi amigo Milton mientras su padre era el profesor de la aldea. Contaba que muchas veces la excusa para no ir al cole era que había un rinoceronte en la llanura. En ese pueblo pasé un rato delicioso con Shukri, Milton, Topo, Isa y Ana el pasado verano.

 

El pueblo no son más que unas pequeñas manyatas de latón entorno a una gran plaza donde hay un mercado semanal. Parece un pueblo del oeste a la africana.

 

Los niños nos rodearon y estaban alucinados con nosotros, con “La Dili”, con las cosas que llevabamos, las cámaras, con verse en las fotos, etc. Había uno de unos tres años, con una sudadera verde, que no se separaba de mi y que con su manita apenas abarcaba uno de mis dedos. Estuvimos un buen rato jugando con ellos, subiendoles en brazos, al coche, disfrutando de sus reacciones al verse por primera vez en una foto, etc. Todos gritandome muzungu muzungu! para que les hiciera caso y se peleaban por subirse a mis hombros, agarrarse a mis piernas para que les llevara andando, etc. Nos enseñaban sus juguetes hechos con trozos de plastico y tetra bricks de leche. Increibles! menudo ingenio y creatividad!

 

Mientras comprababamos unas provisiones y tomábamos unas samozas para almorzar, y Shukri charlaba con las somalís del pueblo les di una pelota y estuvieron jugando. Cuando vieron que nos marchabamos vinieron todos corriendo y me devolvieron la pelota. Me quedé alucinado de ese gesto, unos niños que no tienen nada, que estaban cubiertos por las moscas y con la cara manchada por sus moquetes secos. Por supuesto les hice un gesto de que la pelota era para todos y se la lancé. Todos corrieron hacia ella gritando: asante sana muzunguuuuu (muchas gracias, hombre blanco)… el niño de verde lloraba pq no quería que me fuera…

 

No creo recordar haber estado con unos niños tan felices, y me cuesta pensar que cualquier niño de nuestras calles, empachado de playestations, balones, power rangers y demás hubiera devuelto esa pelota…

 

Desde luego África me da lecciones a diario. Realmente hace falta tan poco para ser feliz…

 

Desde ese día para mi la alegría son los niños de Narosura…

 

… y echo de menos al niño de verde…

 

Volveré

 

Mirada

 

Fotos: Ana Valenzuela
Texto escrito el 5 de junio de 2005


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