En el campamento del viento…


Al Sur de Mara, junto a la frontera con Tanzania está la barrera de Sand River. Es una barrera fronteriza, ya que al estar cerrada la frontera en este puesto de Sand River, no hay entrada ni salida de turistas ni visitantes al Parque. Sin embargo es el campamento de los Rangers de esta zona tan preciosa y poco visitada del Gran Mara. Cuando llegamos estaba Jules, un buen amigo de M y al ver nuestro logo en un costado de “La Diligencia” sonrío a los “Loita Masai”. T y N hablaban con el capitan del puesto y yo me dediqué a husmear por los alrededores de la puerta. Al poco, a unos 50 metros de la barrera vi claramente la huella de un gran león. Sonreí, sin duda la frontera de Sand River nos iba a guardar buenas emociones. El capitán nos dijo que estabamos en casa, que “Teressa Camp” estaba ocupado, pero que un poco más arriba había unos kopjkes junto al río ideales para acampar. Ni siquiera nos cobró entrada de turista (30US$ por día en el Parque y 15 más por acampar), sino que nos trató como a un kenyata más (unos 3 euros al día). Total que allá que fuimos… estaba casi anocheciendo y teníamos que darnos prisa. Junto a la barrera, al abrigo de los rangers, había acampado una pareja de kenian cowboys con un equipo de camping ultimo modelo.


Salimos del camino y seguimos la rivera del Sand River, que iba con muy poca agua. A unos 3 km de la barrera encontramos los kopjkes, esas enormes moles de granito más viejas que África, únicos restos de la era pre volcánica. El sitio era precioso, teníamos agua, teníamos el abrigo de las rocas y una acacia enorme que nos diera sombra. El sonido era trepidante, un millón de ñues a unos cien kilómetros alrededor, de hecho, una enorme columna bajaba hacia el río. La sonrisa de T, N y la mía se fundía contemplando lo que teníamos alrededor. En 360º veía ñues, gacelas de Thomson, de Grandt, Elands occidentales, cebras de Burchell, ñues barba blanca, 4 viejos búfalos que volvían hacia el bosquecillo de arriba, un par de jirafas y unas hienas que se escurrían en dirección a Keekorok (las maldije, deseando que no se topasen con los seis magníficos). Los kopjkes estaban repletos de cagarrutas de hyrax, o conejos de las rocas. Pak nos sacó de nuestro ensimismamiento recordándonos que no tardaría en oscurecer y que “sería conveniente” plantar el campamento, sugiriendo incluso que sería “más conveniente aún” ir a algún lodge y gozar del lujo para los muzungus (blancos)… Pak pese a ser masai no entiende que el verdadero lujo era disfrutar de ese atardecer.


Sacamos las tiendas, las mesas, las sillas, los cofres con la comida, la nevera de camping, la pala, la parrilla, las lámparas de queroseno, los colchones, la ducha portatil, los bidones para llenarlos de agua del río, el agua potable, el queroseno, el equipaje, y el largo etcétera necesario para que unos muzungus acamparan con cierta comodidad unos días en ese paraíso. Mientras plantaba la ducha detrás de la Dili, hice alguna foto a ese atardecer rojo y entonces ví que la gran columna de ñues se lanzaban al río… uno tras otro, sin el peligro de los cocodrilos del Mara o del Talek, cruzaban el agua, con alguna cebra espabilada entre medias… y así estuvieron 20 minutos, cientos de ellos, hasta que se hizo de noche. El fuego repiqueteaba y Pak nos alcanzaba unas tazas de té, de nesquik para mi, calentito y mientras preparabamos la cena oíamos la noche de la sabana y mirabamos a un cielo de más estrellas aún que ñues… Nos alegrabamos de estar allí, en pleno Masai Mara, acampados, buenos amigos… pocas cosas más se podía pedir. Nacho se afanaba en hacer unos buenos espaguetis y yo decidí celebrarlo con el poco vino que nos quedaba tras una semana de safari por Loita. Echabamos de menos a Kirotie, a Mogue y a los demás… lamentamos no habernos traido a Kirotie… Pak meneando la cabeza se metió en su tienda tras la cena, anunciando que iba a llover… Efectivamente veíamos relámpagos por el Oeste, más allá de Mara Bridge. De repente se levantó el viento, un gran viento bastante fresco… la conversación aguantó hasta que el frío nos venció y cada uno nos fuimos a nuestra tienda, la de N y la mía a sotavento de la Diligencia, la de T, en el techo del fiel y viejo Land Cruiser, dejando ambos lados abiertos para sentir la brisa fresca de la sabana.


Me meto en la tienda, ordeno un poco la ropa, apenas tengo ya más que unos pocos calzoncillos y un par de camisetas limpias. El viento azota la tienda. Me pongo la que uso para dormir y leo un poco a Matthiesen a la luz del frontal. Oigo los primaros pasos alrededor de la tienda, probablemente chacales, quizá hienas. El sonido es indescriptible: hienas, ranas, ñues, y el extraño y único ruido del leopardo. Antes de quedarme dormido ahí está, una y otra vez… el león, suena lejos, debe estar a unos 5 kilómetros… otro suena un poco más lejos en el Oeste… me meto en el saco… sonrío como cada vez que me duermo en África…

Abro los ojos. Mi vejiga avisa que bebí demasiada cerveza en Keekorok y algo más de vino… A trompicones acierto a ponerme los zapatos y salgo de la tienda. Miro el reloj y son cerca de las 3 de la mañana. La hierba ya está empapada, el viento sigue azotando fuerte y la sabana está viva a mi alrededor. El agua del río, el viento, los sonidos de la noche… y un león rugiendo algo más cerca que antes. El campamento está iluminado a la tenue luz de las lámparas de queroseno. Entonces uno, despierta del todo y se hace consciente de dónde está, de que cada sombra está viva y que no es más que nadie en la sabana, soy tan presa como un ñu… No me alejo de la tienda, hago pis todo lo deprisa que puedo y con un escalofrío lleno de sugestión… me vuelvo a meter en la recia protección de una fina tela. Me quedo dormido riendome de mi propio temor, y me parece escuchar a unos chacales cerca del campamento. Me vuelvo a dormir… Al rato un ruido tremendo me despierta… ese rugido, uno, dos, tres, cuatro, cinco veces hasta que se va apagando… está cerca, hay leones a aproximadamente un kilómetro de nosotros. Sonrío, tengo suerte de estar donde estoy.


El siguiente ruido que me despierta es el beep de mi reloj. Las 6. Salgo de la tienda y apenas clarea el día, todo son sombras y ya no oigo el león, probablemente hayan cazado y ya estén comiendo. El amanecer en la sabana es como el nacer de la vida. Las sombras van cobrando forma y veo moverse otra gran columna de ñues bajar hacia la vaguadita. Los viejos búfalos avanzan pesadamente por la otra orilla. Un gran sol naranja va saliendo por el horizonte y dibuja la silueta de los viejos toros que vivieron su momento de gloria y ahora tan solo esperan que un grupo de leonas decidan darse un festín con ellos… El viento se calmó y empiezan a cantar los pájaros. La sabana parece celebrar que ha sobrevivido a las tinieblas y me encanta ese momento, contemplar el campamento en calma, ver el amanecer y me subo al kopjke para contemplarlo en silencio, mirando alrededor por si acaso… si hubiera un leopardo cerca no le duraría ni un segundo! Topo asoma desde lo alto de su atalaya y me sonríe: – Toma amanecer Paco!!!! Vaya viento que hay aqui, el campamento ya tiene nombre: Campi Ya Upepo “El campamento del viento”.

Cuando ya se ve completamente y el amanecer nos ha regalado su espectáculo, nos aseamos, Pak nos prepara chapati recién hecho para desayunar. Topo se hace unos huevos, yo una ensalada de tomate, Nacho se lava en el río… y preparamos todo para otro día en Masai Mara… no hay día en que Mara no nos regale grandes sorpresas, ese día tampoco falló… Efectivamente, cuando nos dirigíamos a la pista, vimos huellas frescas de león a poco más de un kilómetro… deben andar cerca, hacia Cottar’s, vamos a ver si los alcanzamos… Pak se queda en la barrera, a pasar el día con sus amigos rangers, nos miran divertidos, contemplando el entusiasmo de unos blancos en su tierra…

Cuando volvemos al campamento después de un día cargado de emociones… zas… el campamento está hecho trizas!!! Babuinos!!!! Ha revuelto todo, registrado cada rincón, han conseguido abrir la nevera, que tiene varias incisiones de colmillos marcadas en el plástico y se han comido toda la fruta y los vegetales, tb han revuelto toda la basura… El arcón de metal con la comida está volcado y uno de los cierres está abierto, afortunadamente el otro ha aguantado los embistes y no han conseguido su objetivo. Nos llevó un buen rato organizarlo todo, mientras veíamos otro alucinante atardecer y volvían a su refugio los viejos búfalos, que esta vez venían por nuestra misma orilla, parándose a unos 100 metros, decidiendo si bordearnos, embestirnos o dar media vuelta… Nos quedaba poco para cocinar, no quedaba más remedio que abrir un par de latas de fabada asturiana. Se levanta el viento, empieza a llover y hace frío… en plena sabana africana y comiendo una fabada calentita. Nos miramos y sonreimos, esa noche también fuimos felices.


Me quedé un rato solo junto al fuego, chispeaba y el “upepo” golpeaba fuerte, pero me gustaba sentir la sabana en mi rostro, aquél olor a pasto fresco que es sinónimo de vida… y de muerte, tan de la mano siempre en esta tierra legendaria… Por esos días nosotros fuimos parte de ella, siendo presas, siendo ajenos y propios, visitantes quizá, pero dejamos allí nuestro corazón… Cuando llovíó empezó a rugir el león… Dormí como sólo allí se puede dormir, con un filtro especial para los sonidos, con las alarmas puestas, pero profundamente, con una paz que no se logra en ningún otro lugar… en África, bajo ese manto de estrellas, se sueña muchísimo…

Al día siguiente el amanecer volvió a pertenecerme. El Sand river venía crecidísimo!!! No podríamos haberlo cruzado en Loita. Eso significaba que había llovido mucho en Loita Forest, y en las colinas de Loita, y que aunque nuestros amigos masai se habrían mojado, eso significaba pastos frescos para su ganado para el resto de la seca… Rongai les bendecía con sus lágrimas…

Y allí, encima de ese kopje, viendo a un grupo de elands a mi alrededor, y con la silueta de los viejos búfalos enfrentada al sol de un nuevo día, me di cuenta que en África puedes acordarte de alguien a veces, pero nunca echas de menos a nadie ni a nada…


A veces cuando estoy agobiado, pienso en el Kampi ya Upepo, sonrío, y me pregunto que habrá sido de aquellos viejos búfalos…

7 de marzo de 2006

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